miércoles, 8 de diciembre de 2010

Royo Villanova y el Aranjuez de 1896 (última)

Finaliza así Luis Royo Villanueva su descripción del Real Sitio: "El Tajo, que aparenta huir del Jardín de la Isla y sin embargo le aprieta el talle con un brazo , que no otra cosa sino brazo de río es el "cas", que rodea el jardín, formando la isla que le da el nombre, corre señalando los límites del otro jardín, el del Príncipe,menos lindo y coquetón, aunque más grandioso que el jardín frontero a palacio.Un día entero es preciso para recorrer todos sus laberintos y sombreadas sendas desde la entrada, al comienzo de la calle de la reina, hasta su termino, mas allá de la casa del Labrador. A tan extenso frente corresponde un fondo proporcionado, que hubimos que recorrer muy á la ligera, admirando las gigantescas proporciones que allí alcanza la vegetación como en ningún otro sitio en Aranjuez.
A la otra orilla del Tajo vimos la "casa de Marinos"  donde se guardan las falúas reales, servidas por marineros de guerra en tiempos de jornada. Dentro del jardín admiramos la fuente de Narciso, mirándose en las aguas sobre un pesado tazón que agobia los hombros de cuatro titanes, y contemplamos algo más curioso é inesperado: un par de camellos que en el jardín Real arrastran su vejez sirviendo como bestias de transporte, y de pascual á Ramos se visten, en señal de gala, con gualdrapas de lujo y empingorotados cabezales.
Si no hubiera sido por el trotar d aquellas jacas incansables que arrastrando los cochecillos de paseo nos llevaban de un lado para otro de las grandes llanuras aranjueceñas, ya al pantano de Ontígola, ya á la presa del Tajo, ya á la hermosa plazoleta donde desembocan las "doce calles" o a la mísera ladea de Alpagés, origen y cuna del Aranjuez moderno, todavía andaríamos aspeados por los alrededores de la villa ó cobraríamos fuerza al pie de una de aquellas acacias sonantes como una collera por el alegre piar de innumerables ruiseñores.Pero metidos en el carruaje y sin más molestia que el traqueteo consiguiente á un coche de dos ruedas, en un verbo nos encontrábamos á una legua de la ciudad, sin que nos hiriera el sol, interceptado por el ramaje de la inacabable arboleda, y pisando siempre los ruedos de sombra vacilante y agujereados que los copudos arboles del camino arrojaban a nuestros pies. Ya veíamos clara y distinta toda la estirada mole del puente Largo cuando descendimos de los coches,y caminando por los surcos de un campo de trigo raquítico y desmedrado por la sequía, llegamos al esparragal, objeto de nuestra excursión. Sábana inmensa de terreno, que parece baldío, y recién arado, constituye un e
sparragal en explotación. Es preciso acercarse mucho para distinguir sobre el lomo elevado de los camellones la morada cabeza de la planta, cubierta de tierra en toda su altura. Varios hombres armados de cuchillos largos y con punta de sierra, cortaban á tiento los espárragos por su base, de un  modo tan sencillo para ellos como difícil para nosotros que empuñábamos por primera vez el instrumento esparraguicida. cada obrero formaba un montón con los tallos recogidos; los montones pasaban luego á una casuca donde se verificaba el apartado. Los mazos, pulidos, arreglados, irían aquella noche á la estación del ferrocarril, y al día siguiente el pobre espárrago que creció enterrado en vida moriría decapitado á puras dentelladas de los hombres.Volvimos á montar en los coches, dejando atrás la gris y pelada llanura del esparragal, y nos dirigimos á un campo de fresas, antes adivinado por el olfato que percibido con los ojos.La menuda planta, cuyas hojas de un verde claro y amarillento apenas levantan de la tierra, nos ocultaba el fruto como cosa vedada. Sólo recorriendo surcos y mirando los rojos botoncillos ocultándose furtivamente con ese instinto de conservación que también tienen  los vegetales.Pero si semejante precaución bastaba para burlar en parte nuestra curiosidad, no alcanzaba á evitar el habilidoso manejo de las freseras, que sosteniendo la cestilla en la mano izquierda, llenabánla en un santiamén, arrancando con la derecha grano a grano todos los maduros que ocultaban las hojas. En la penosa tarea de recolección invierten las freseras todo el día, hasta que á última hora de la tarde, de la planta á la cestilla y de las cestilla a la "excusa", la fresa de Aranjuez espera en los muelles de la estación el viaje preliminar á su consumo.

Hoy, al  recordar las bellezas del Real Sitio y la cariñosa hospitalidad del  Alcalde, el amigo Simancas (¿Simancas?, puede ser un error, en aquel año el alcalde era Enrique Mejías), de todos aquellos amables amigos, podemos asegurar que también á nosotros, como á las fresas y á los espárragos, nos arrancaron á viva fuerza de la fecunda, feraz y hermosísima campiña de Aranjuez."

ULTREIA ET SUSEIA

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