martes, 13 de abril de 2010

El Rigores y Arisco.

13 de junio, allá por el 1831 … tarde de calor tórrido y seco ... las calendas de Aranjuez ; las gentes, en grupos y alborozada, van subiendo por la calle Almibar, por Rey, por Stuart hacia la plaza de toros; la corrida es importante y de ello dan fe los comentarios que van haciéndose entre sí foráneos y forasteros en amigable comunión. Si ya fue muy comentada la corrida de San Fernando, ésta tiene un aliciente que la hace más atrayente: reaparece el famoso diestro Roque Miranda “ el Rigores” que goza de grandes simpatías entre los aficionados y al que no hacía mucho le habían indultado de la prohibición de torear en la corte dado su liberalismo proclamado y militante. Así pues la Plaza, reinaugurada el año pasado, está preciosa y llena de aficionados espectantes a las cinco de la tarde, hora prevista para que de comienzo el paseíllo. Los toros pertenecen a la afamada ganaderia de Vicente José Vázquez hoy bajo los colores del Duque de Varagua, tras ser comprada por éste al Real Patrimonio. La lidia se desarrolla sin más incidente en su primer morlaco. Sale el segundo. Arisco se llama. La plaza murmura; ese toro tiene pinta de ser bravo y brindar una buena faena. Después de los capotazos de recibo, el matador decide llevarle al caballo y calmar su fogosidad. Toma dos varas. El lidiador le vuelve a citar para ponerle en suerte de nuevo. Arisco , como si no hubiese recibido castigo alguno, y sin atender la llamada del torero, enfila hacia la barrera y, tomando impulso, salta al tendido salvando las maromas de las barreras. La alegría de la tarde se convierte, en un segundo, en pánico. Los espectadores inician su huida de forma despavorida abandonando enseres y ropas. Arisco, sintiéndose amo y señor y, nunca mejor dicho, el protagonista de la fiesta, pasa de tendido a graderío recorriéndolos con la tranquilidad con que, hasta hace pocos días, pastaba en su dehesa. Según recorre gradas y tendidos, más revuelo hay entre el público que los abandona por donde puede entre empujones, gritos y caídas. El retén de voluntarios realistas que prestan servicio de orden en la plaza, montan bayonetas y descubren espadas desenvainandolas para dar muerte al toro; el sargento que los dirige a dado órdenes de no disparar por no herir a los ya pocos aficionados que quedan en los tendidos intentado escapar. El astado no hace caso de los voluntarios y continúa su agradable paseo. El “ Rigores” ha cogido su muleta y espada, y junto con uno de sus banderilleros, “ el tiñoso”, está ya en el tendido 5 esperando a Arisco. El morlaco le ve y tira hacía él; éste, con suma frialdad, le recibe y tras un soberbio trincherazo, le vuelve a citar para estoquearle allí mismo. Arisco cae fulminado por el estoconazo recibido. Gritos de alegría, de júbilo … el público que desde graderíos y el ruedo, desde donde se habian refugiado del morlaco, había visto la hazaña llena los aires de Aranjuez de bravos y oles dirigidos a Roque Miranda que con esta acción ve aún más completas las simpatías y alabanzas de las que ya disfrutaba en este sitio y entre sus gentes. Mucho se habló de esta acción durante mucho tiempo en tahonas ,mesones y tabernas del que también hay que decir, que no supuso ninguna desgracia personal a nadie de los asistentes, nadie salió herido y sólo con algún desmayo y la pérdida o desgarro de alguna prenda de ropa se saldó la carrera de Arisco y la gesta del Rigores. Roque Miranda Conde (Rigores) nació en Madrid, el 16 de agosto de 1799.La pasión por los toros lo atrapó de inmediato por la convivencia con los compañeros de su hermano Juan, que era banderillero. Así, en 1815, a los 16 años, lo anuncian en Madrid como peón en una cuadrilla juvenil que lidió un par de becerros. Meteórica es su trayectoria, pues el 28 de agosto de 1817 figura como matador o como "estoqueador" en un festejo para celebrar el feliz parto de Isabel de Braganza. En la Guerra de la Independencia, colabora con el nuevo régimen político, ingresa al primer escuadrón de caballería y alcanza el grado militar de sargento. Restaurado Fernando VII en el trono absoluto, Rigores encontró múltiples dificultades para poder torear en tres años. Finalmente, lo hace el 11 de octubre de 1828 nuevamente en Madrid, gracias a que su esposa fue a ver a su alteza para que presionara a la empresa de la Villa y le diera oportunidad a su cónyuge de programarlo y así pudiese ejercer el oficio de sus amores. Esa tarde alternó con Antonio Ruiz El Sombrerero y Manuel Parra. Sin embargo, el regreso no fue tan afortunado.Sólo su popularidad y simpatía lo sacaron a flote. Así llegó el 6 de junio de 1842, en Madrid. Su segundo toro de esa tarde, cuando lo pasaba de muleta, de improviso le hizo el viaje, sin darle tiempo, ni oportunidad alguna de desplegar la pañosa y darle la salida. El burel lo arrolló embarcándole y llevándole hasta las tablas. Los derrotes certeros del animal alcanzaron su cuerpo, infiriéndole dos cornadas en el muslo derecho e infinidad de contusiones de consideración alarmante. Muy grave se vio; sin embargo, se repuso y toreó en esa misma campaña dos ocasiones más, el 9 y 24 de octubre. Se consideró una ligereza de Rigores y, a la vez, se elogió su casta de torero. Recayó y, en consecuencia, hubo necesidad de ser intervenido nuevamente. Murió el 14 de febrero de 1843, a los 44 años de edad. ( El Universal, martes 11 -03-06)
ULTREIA ET SUSEIA
Foto Plaza de Toros: Aranjuez es una fiesta ( Magdalena Merlos, 1997) Xilografía : La Estocada (Anónimo, M.M.M.) Texto: recreación sobre un artículo de Blanco y Negro de 15-06-1910

1 comentario:

Desvanecerse dijo...

Son la voces las que hacen hablar a los caminos, de ahí nacen las historias de cada una de sus huellas.

Gracias caminante.

Saludos