miércoles, 29 de abril de 2009

J.F. Bourgoing y el Aranjuez de 1779 ( IV )

Continua Bourgoing : "En Aranjuez se encuentra gran facilidad para todos los placeres campestres: la caza, la pesca, el paseo. En ningún sitio es éste tan variado, tan cómodo ni tan agradable, bien sea con un libro en la mano por sus florestas o recorriendo a caballo o en carruaje sus avenidas que se extienden hasta perderse de vista. Antiguamente, vagaban por las calles los gamos e incluso los jabalíes, tan mansos que podía suponérseles animales domésticos. Los búfalos que se han traído de Nápoles sirven de bestias de carga. He visto algunos pares de camellos contribuir con su paciencia y sus robustos lomos a los trabajos públicos, pero no pudieron resistir a la influencia de un clima impropio para ellos. En la misma época se veía pacer y saltar en un prado contiguo a la carretera principal dos cebras y dos guanacos, como si estuvieran en su país natal; mientras un elefante paseaba tranquilamente su mole abriéndose paso a través de los curiosos que atraía su presencia. Así es como los soberanos deberían exponer al aire libre a todas las miradas esos animales de países extranjeros que aprisionan en sus colecciones zoológicas. Las magníficas prisiones, obras maestras de crueldad más aún que de lujo, manifiestan la tiranía del hombre sin acreditar su poder. Por lo menos, a los reyes de España no se les puede reprochar esa condición. Una de las cosas que más contribuyen a la belleza de Aranjuez son los caballos, que pueden desarrollar allí toda la gracia de sus movimientos y su velocidad. El rey conduce por sí mismo los espléndidos troncos que sus yeguadas le proporcionan. Antiguamente, la calle de la Reina era la palestra en que los caballos competían en velocidad y se repartían la predilección de los cortesanos, que demostraban con apuestas su interés por el triunfo de sus favoritos. El rey actual, cuando aún era príncipe de Asturias, substituyó estas carreras por un espectáculo llamado «las parejas». Formaba un escuadrón de doce filas de cuatro en fondo. Dirigían las cuatro columnas él, sus dos hermanos y uno de los personajes más des¬tacados de la corte; y ostentaba cada una de su color peculiar. Los cuarenta y ocho jinetes iban vestidos, de pies a cabeza, con el verdadero traje español. Este atavío tan favorecedor daba al conjunto un aspecto militar y antiguo que parecía reflejar la época de sus ascendientes. Con el interés que inspira la imagen de las cosas que fueron, se les veía llegar en columna a uno de los grandes patios del castillo, al compás de trompetas y timbales, precedidos por vistosos heraldos y caballos de mano ricamente enjaezados; romper las filas, separarse, aproximarse de nuevo, ya siguiendo el contorno del palenque, ya cruzándolo en diagonal y haciendo gracioso alarde de sus brillantes monturas. Esta débil y fría imagen de los antiguos torneos recordaba un poco a los espectadores, haciéndoselas añorar, aquellas fiestas en que los antiguos caballeros, bajo las miradas de los reyes y las damas iban impelidos por el doble acicate de la gloria y el amor; fiestas en que la predilección de las beldades que reinaban en sus corazones recompensaban de manera estimable su valor y su destreza. Para que los cortesanos más adictos encontrasen algún atractivo en este baile de centauros, era, preciso, nada menos, que gozasen del honor que significa tomar parte en tales diversiones junto a los hijos del monarca y contribuir a su diversión"
ULTREIA ET SUSEIA.

1 comentario:

Desvanecerse dijo...

La grandiosidad del paraiso está en no haber sido descubierto aún.
Saludos caminante