jueves, 18 de octubre de 2007

Calle Capitán

La Calle del Capitán fue una de las primeras en que se empezó a edificar según las trazas de Bonavía. Se denomina así ya que una de estas primaras casa perteneció al capitán de infantería Gabriel Méndez.
Comienza en la calle Primavera y acaba en la Avenida Plaza de Toros. Tiene una longitud de un kilometro.
Actualmente se denomina del Capitán Angosto Gómez Castrillón (Félix Angosto y Gómez-Castrillón. Caballero Legionario. Cruz Laureada de San Fernando. Muerto el día 22 de agosto de 1924 en Kudia Cobba (Cuenca del Lau). Méritos El Capitán de Infantería D. Félix Angosto y Gómez-Castrillon, perteneciente al Tercio, se distinguió en el combate librado en la cuenca del Lau al avanzar a Kudia Cobba. El día 22 de agosto de 1924 una columna compuesta de tres compañías del Tercio y una del Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas de Alhucemas núm. 5, recibió orden de ocupar el desfiladero del río Lau y verificar el asalto del Yebel Cobba. Parte de estas fuerzas, tras reñido combate dificultado por lo accidentado y pendiente del terreno, consiguieron establecerse sobre el mencionado monte y ocupar diferentes puestos formados con piedras. Siendo estos puestos atacados con vigor y persistencia por el enemigo, se pidieron refuerzos, especialmente de bombas de mano. El jefe de la columna envió una sección de Regulares y una Compañía del tercio, formada por una sección de ametralladoras y otra de morteros, ambas a las órdenes del Capitán Angosto, cuyas fuerzas se destinaron a reforzar parte de los puestos y establecerse en otros adecuados para la defensa, quedando a retaguardia las ametralladoras para emplearlas según las necesidades. Hallándose en la situación indicada, el enemigo, amparado por la niebla y espesa gaba, dio un asalto que fue rechazado merced a los refuerzos llevados de retaguardia, que le obligaron a retirarse; pero atacó con tal ímpetu que hizo retroceder a las fuerzas del flanco derecho. Envalentonado por este éxito momentaneo, atacó tan violentamente el resto de los puestos que se hizo preciso abandonarlos. Visto por el Capitán Angosto lo crítico de la situación y que el enemigo se dirigía a ocupar los puestos perdidos, contuvo enérgicamente a los que retrocedían, y sólo se dirigio a uno de los puestos en que aquel se estaba estableciendo, atacándole con fuego de fusil y animando a secundarle a cuantos estaban a su inmediación, que, por efecto de esta enérgica actitud, reaccionaron y recuperaron sus puestos, evitando que con su pérdida el enemigo hubiera batido con suma facilidad a toda la columna y la operación de este día hubiera fracasado. Las bajas del Tercio habidas en el combate fueron 16 muertos y 46 heridos, y del Alférez y los 10 legionarios que siguieron inmediatamente al Capitán Angosto en el momento que se establecía contacto con el enemigo, fueron muertos tres y heridos cuatro, entre ellos el Oficial. www.lalegion.com)

lunes, 15 de octubre de 2007

Calle Stuart

La Calle Stuart se denomina así por el propietario de la primera vivienda que se edificó en esa calle, la de Pedro Fitz-James Stuart y Ventura Colón de Portugal, marqués de San Leonardo, título concedido en mayo de 1764. Nació en Madrid en 1720. Era hijo segundo del tercer duque de Berwick y de Liria.Primer caballerizo del rey Fernando VI, gentilhombre de cámara, teniente general de los RE, Almirante de España y hermano del James Edward Fitz-James Stuart y Ventura Colón de Portugal, Duque de Veragua y de Berwick, origen del actual linaje de la Casa de Alba y genealógicamente descendientes de Cristobal Colón
En el año 1929, cambio esta calle su nombre por el de Reina Dª María Cristina; en 1931 pasó a denominarse Pablo Iglesias; tras la guerra civil, en 1939 volvió de nuevo a cambiar su nombre llamándola Calle del Generalísimo Franco hasta 1980, en que se le devuelve su nombre original.
Esta calle comienza en la Calle de la Reina y finaliza en la avenida de la Plaza de Toros. En la misma se encuentra el Ayuntamiento de Aranjuez y el Mercado de Abastos y se constituye en el centro comercial más importante de la ciudad. ¿ Os acordais cuándo de jóvenes la llamabamos el "tontodromo", sitio obligado de paseos, ligues y relaciones sociales de sábados , domingos y fiestas de guardar.....?

martes, 9 de octubre de 2007

viendo pasar el tiempo

De 1965, tal vez de 1971, quizás de 1976, puede que de 1982, a lo mejor de 1993, quién sabe si de 1999 o del 2004? La verdad es lo mismo da...perduran sus restos viendo pasar el tiempo que ya marcó, manteniéndose testigo de los pasados y venideros, provocándole y provocándonos desafiante con su ajada longevidad...recordándo época de labranza, de siembra, de cosecha.....aconsejándo al agricultor ribereño que lo colocó en la puerta de su casa de labor, que no deje de comer aceitunas, las de Simón, si es que quiere ser un ligón...., y recordándole certeros dichos y refranes populares "..en enero se hiela el agua en el puchero....que en febrero la sombra busca el perro...que en junio la hoz en puño....que en septiembre se lleva los puentes o seca las fuentes...y en diciembre sale el sol tardura y poco dura".

lunes, 8 de octubre de 2007

Reloj de Sol

El recinto que circunda esta fuente, "El Ochavado", fue diseñado por Jerónimo Carruba en 1750, por lo que también se la conoció por la "fuente de D. Jerónimo"
“La fuente de Hércules y la Hidra fue construida en 1661 por orden de Felipe II en el sitio que ocupaba la antigua de Diana. Su figura es octogonal, elevándose sobre una gran taza de jaspe negro que sostiene un zócalo y airosa basa, una estatua figurando al dios que la simboliza. Aparece cubierto con la piel de un león que venció y con la clava en la mano en el momento de matar la hidra de Lerna por cuyas siete bocas arroja otros tantos chorros. Su pequeño estanque está rodeado con baranda de hierro, formando cuatro calles de puente, y en los recuadros que deja el crucero, cuatro surtidores que elevan el agua á considerable altura. Sobre las pilastras de mármol negro colocadas á la entrada de estas cuatro avenidas, se encuentran ocho figuras bastante mutiladas por la inclemencia del tiempo, entre las que se distinguen una Ceres y dos veces al dios Hércules dando muestras de su valor.” Así nos describe López y Malta en 1868 la fuente de “ Hércules y la Hidra” del Jardín de la Isla. “ ..tiene en el centro la figura de hércules luchando con la hidra, y en el receptáculo ó pilon, con quatro anditos y entradas, ocho estatuas pequeñas en el interior, y otras ocho grandes en el exterior, todas de mármol blanco, y en los pedestales de piedra de San Pablo; mas merecen poca atención”, de esta otra manera nos la define Álvarez de Quindós. Nada nos dicen de otra de las pequeñas curiosidades que nos depara Aranjuez. Tal vez porque no forme parte de la fuente original, que en esa época no estuviese, que ese detalle se incorporase a la fuente más tarde.... Animo al caminante a llevar sus pasos hacia la fuente, y descubrir, entre conversaciones de pájaros y el relajante reir de las aguas , en el “receptáculo ó pilón” octogonal nuestro reloj de sol y colocar en el punto debido el correspondiente gnomon y comprobar que el reloj nos sigue marcando los tiempos, nos cuenta las horas..... La fuente de Hércules y la Hidra, atribuida a Alessandro Algardi...... la del “Ochavo”.....desde el Jardíncito de la Reina...por la escalinata.....por detrás.....el infinito del tiempo...

domingo, 7 de octubre de 2007

Graffitis

La palabra "graffiti" tiene sus orígenes en la palabra griega graphein que significa escribir. Esto evolucionó en la palabra latina graffito. Graffiti es la forma plural de graffito Jorge Luis Mendez junto a Sergi Garrido en su trabajo "El Otro arte de escribir" define mas o menos lo que significa graffiti: "Una de sus muchas definiciones podría ser: “Acto de escribir (nombre) o representar (símbolo que nos identifique o con el que nos identificamos) en una superficie ajena”. " La historia del graffiti empieza en los albores de la raza humana cuando nuestros ancestros con unos garabatos hechos con carbón o tinturas naturales, simbolizaban sus miedos, sus realidades, buscando la suerte en la caza........ todas las culturas hasta nuestros dias cuentan en mayor o menor medida con este medio de comunicación, a veces irreverente, a veces reivindicativo..... Graffitis podemos encontrar “manchando” muchas de las paredes de nuestra localidad. Pero también contamos con otros, más escondidos y que se remontan a siglos anteriores, testigos de nuestra historia. Estos que traigo aquí se pueden encontrar en los fustes de las columnas que sujetan los soportales de Palacio, en la Plaza de Parejas. Me consta que dentro del propio palacio, grabados igualmente en la piedra , existen bastantes de ellos.
Estos son los textos de estos graffitis:
ANTONIO OLASO 1879
1802 CARLOS IIII
17730 o 17 / 30
1849 con una firma ( abajo a la izquierda) cuyas letras no llego a distinguir correctamente y unas iniciales rodeadas por un circulo donde se distinguen una D, una F ( parece) y una V.

martes, 2 de octubre de 2007

¿ verdad o ilusión literaria ?

Curioso texto encontrado caminando por la web; de la veracidad de lo expuesto no dudo, pero tampoco dejo de dudar.....la veracidad de lo narrado la dejo al mejor criterio del caminante que por aqui pase.......
DON JOSEF BELMONTE, RELOJERO CONTRA EL TIEMPO Pablo ANDRÉS ESCAPA La nieve, ese seguro azar de los inviernos nórdicos, permite esta página. Ignoro si parecerá apócrifa bajo el sol. Desde Inverness, un tal Maughell McFerlan, hombre piadoso en mitad de la tormenta, nos envía noticias sobre un ignorado instrumentario español cuya memoria quedó anegada en el naufragio de la corbeta Mercurio, un 4 de diciembre de 1808. McFerlan -traduzco vanamente de su tarjeta de visita- se declara «fabricante de arenas musicales para animar por precipitación y con dulces melodías las horas muertas». Nos envía una muestra de su arte. La calidad del reloj que remite procura tales maravillas cuando destila su arena, que hace temerario juzgar que la carta de McFerlan sea una completa impostura. De la complejísima elaboración de su mensaje, sin otro propósito que vendernos un reloj decimonónico, podría aventurarse que McFerlan es lector receloso de Stevenson, pero ávido creyente de las páginas dictadas por la fiebre del almirante Robertson, tan propicias a la galerna y a las visiones, a la abstinencia de carne y a la glorificación de Dios, a la música, a los honores fúnebres y a la secreta promoción de sí mismo. Basta un ejemplo del estilo mimético de McFerlan, traducido, posiblemente, con torpeza (1): «Paseaba, según mi natural costumbre, por las arenas familiares, cuando el océano me envió un rumor de gaitas, lo cual es seguro anuncio de violencias meteóricas. Y me dispuse francamente a recibir lo que llegara, en pie, con la levita abrochada y entonando un himno. Empezó a nevar y en el ajetreo de los copos más arreciaba aquel estrépito de las olas que solo mis oídos, y tal vez las gaviotas, que giraban sobre mis oídos, podían recibir. El viento me obligó a dar la espalda al mar. Vuelto como estaba cerré los ojos y seguí cantando hasta completar seis veces el repertorio que los domingos del Señor elevamos en nuestra buena iglesia presbiteriana. Para entonces la playa había quedado tranquila y nevada. Volví la vista al mar: apreciables huellas progresaban desde las olas fallecientes hasta perderse entre las rocas. Comprendí que debía seguirlas...». McFerlan, excesivamente premonitorio, advierte en su carta que hizo el trayecto conjurando el temor a enfrentarse con un ahogado intemporal por el procedimiento de recitar los nombres de cuantos náufragos concitan las lápidas del cementerio marino de Inverness. El libro tercero de las Disquisiciones náuticas de don Cesáreo Fernández Duro, cuyo extraordinario título es «Navegaciones de los muertos y vanidades de los vivos», refiere recursos semejantes para disipar visiones al tiempo que duda de su virtud. Pero lo que McFerlan halló entre las rocas nevadas el pasado mes de noviembre, lo que ha tenido a bien contarnos por escrito, habría animado las horas muertas de don Cesáreo acaso con más júbilo que las meritorias arenas melódicas que la industria de McFerlan anuncia -sin ofuscación y sin mentira- en su tarjeta de visita. Porque el hallazgo habría permitido al erudito marino de Zamora completar las páginas del libro cuarto de las Disquisiciones, dedicado a la cronometría, y no menos venturoso que el tercero en su denominación: «Los ojos en el cielo». En 1879 don Cesáreo lamentaba la dificultad de recomponer los progresos de la relojería en España; en el año 2002, en Inverness, una tormenta devuelve a la playa un reloj excepcional hundido en 1808, encerrado en una caja milagrosa que preserva su maquinaria del agua, del óxido y de la sal, que protege al reloj del propio tiempo pues, afirma Maughell McFerlan, «en cuanto lo extraje de la caja y lo puse en pie, aquel ingenio dejó volar su sonería, que coincidió puntualmente con la hora de mi pulsera, atinó en el grado de la pleamar y señaló la conjunción de los astros que correspondían a esa hora y a ese día en la imprevista latitud de Escocia». Pero seamos justos, como conviene al rigor de esta página de Avisos: el impermeable reloj y especialmente las huellas ofrecidas a la vista de nuestro remitente para dar con el prodigio, no son herencia de las figuraciones de Robertson sino mera inercia de fantasías crecidas junto al lago Ness, propensas a vislumbrar rastros perdidos. McFerlan, claro, no duda que son pasos ciertos, «desesperados», propone, de un ilustre ahogado: don Josef Belmonte, oficial de mano de Carlos IV, artesano de relojes caprichosos, mentor de un descarriado sistema para detener el tiempo, hombre nacido en Laviana en 1769 y náufrago con toda la tripulación del Mercurio un 4 de diciembre de 1808. Para confirmar la honradez de su vista, McFerlan envía una fotografía de la playa nevada con las delatoras huellas que surgen del mar. A esa prueba sin valor, añade la transcripción de un memorial que dice haber descubierto enrollado a una pesa del mecanismo del reloj náufrago. Lo firma, como es de esperar en la argumentación del escocés, don Josef Belmonte. McFerlan evita que veamos el reloj, una abstención que nos confirma en el presentimiento de que no es un impostor porque la exhibición impaciente de la mercancía que nos ofrece habría igualado su método al de un falsificador vulgar. Una sola fotografía del reloj tal vez hubiera hecho innecesaria esta página. La emprendemos, pues, con la incómoda responsabilidad de asumir que nuestro corresponsal pudiera estar diciendo la verdad. Otro consuelo puede alegarse en la publicidad del dudoso hallazgo de McFerlan: el memorial de Belmonte contribuye a completar otra venerable bibliografía nacional, la de don Fernando Landeira y su Theatro chronométrico del Noroeste Español; adicionalmente nos ilustra en la peripecia de un insospechado filósofo al servicio de la corona ilustrada, un hombre notable, al menos examinado a la luz de tiempos tan precarios como los nuestros en ideas propias. Prescindamos de los párrafos del memorial dedicados a objetar las deficiencias que Belmonte aprecia en la fábrica de relojes acústicos para sordomudos, «cuya perspicacia del tiempo», observa con toda justicia, «es notablemente visual». Obviemos también su desconfianza, «en viendo cómo es el gobierno de los hombres», en los llamados relojes magistrales, cuya marcha debiera servir de norma a los demás. Algo más nos acerca a la génesis del reloj revelado por el mar la pesimista -aunque modélica en su síntesis- clasificación de los tiempos que propone Belmonte: aciagos, funestos y muertos. La filosofía sobre el tiempo y su transcurso, la que este ignorado hijo de Laviana condensa contra su costumbre reductora en la resignada ampliación «tempus non semper fugat, aliquando deficit» es la que nos interesa ahora. Porque el reloj recuperado por McFerlan en la playa es la prueba material de que Belmonte se reveló artesanalmente contra esa secular precariedad. «Que otros se ocupen de seguir midiendo el tiempo, que otros se atrevan a pesarlo si encuentran la balanza justa. Básteme a mí con sujetarlo distraídamente para beneficio de viudas, quejosas de su temprana condición; de privados, a los que siempre les falta para medrar; de príncipes, que quisieran ver lejos la hora de su caída». El ingenio concebido por Belmonte para frenar el tiempo sin por ello evitar el paso de las horas -que tal es la virtud y el grave defecto del reloj que ahora se nos ofrece- opera doblemente: por distracción y por burla. Belmonte, tras años de experimentar con trinquetes de áncora y de cilindro, con balancines de compensación, con escapes, con péndulos de rejilla, con caracoles y muelles, con sonerías interminables y autómatas, se convenció de que la mejor manera de calmar el tiempo -aciago, funesto y muerto- consiste en obtener un reloj tan complejo que se baste a sí mismo para distraerse del paso real de las horas. Esta animación de la mecánica, esta temeridad de atribuir alma a los objetos y «potencias sensoriales de contemplación de sus propias andaduras», no era nueva. La denunció San Leandro en los términos citados en una carta que envió al obispo de Alejandría, al que alarmaban los desvíos del calendario romano causados por la alegre industria de clepsidras. «Todo es vanidad de menestrales que quisieran compensar con sus manos lo que les falta a sus conciencias», culmina. Posiblemente Belmonte incurrió en la misma diversión heterodoxa, y si creemos a McFerlan con éxito: el reloj que resume los afanes cronométricos del oficial de Carlos IV debió de estar tan ensimismado en la admiración de su propio mecanismo que no le distrajo de la marcha ni el naufragio padecido. La burla, pues, como principio mecánico esgrimido por Belmonte, no concierne a la fe del hombre que consulta el reloj con la esperanza de que no sea demasiado tarde, sino al reloj mismo que se distrae del paso de las horas con la inercia de su propio funcionamiento. Lástima, ¡ay!, que Belmonte no previera la terquedad de las máquinas, «las cuales», -advierte otro pasaje de la denuncia venerable de San Leandro- «una vez asentadas y satisfechas de su organismo, son difíciles de frenar». El perspectivismo mecánico de Belmonte fue, pues, un principio ingenuo, acaso una impiedad disculpable en un siglo ávido de soluciones. Su reloj, que debía entretener el tiempo con distracciones de mareas y de calendarios móviles, de ecuaciones solares y lunares, con un tardón en forma de fraile de la merced (2) y una caja ilustrada con las edades del hombre y los confines del mundo, le trajo también la desgracia. Tal vez la observación genérica de que no sobra el tiempo, aun formulada en latín como él lo hizo, pecaba de falta de ambición científica para obtener relojes que remediasen el paso inexorable de las horas. Tal vez los adornos no bastan a distraer el curso del sol. En la fabricación de su ingenio Belmonte descuidó también lo que podríamos llamar «principio de intensidad». H. G. Wells y Alexander Dunne han experimentado libros con esa variable en el siglo pasado, libros sin duda que suspenden el tiempo mientras dura su lectura. Pero Belmonte era un soñador, no un visionario, y poco podrían haberle inquietado las previsiones de sublevación universal contra su invento de haberle salido a su gusto. Porque ni todas las viudas son desconsoladas ni el minuto que roba a la muerte el condenado que la espera es tan dichoso como el que le falta al amador para encontrarse con su amada. Si el memorial de Belmonte no es falso -y tal es la simpleza del pensamiento que revela y la inverosímil normalidad del reloj que describe que McFerlan no se habría molestado en fabricar tanta inocencia en lengua extraña- , el oficial de mano de Carlos IV, a bordo del Mercurio, huía de la historia, que no del tiempo, un cuatro de diciembre de 1808. El memorial, dirigido, por cierto, a Jovellanos, al que Belmonte no vacila en llamar «vecino» y «paciente de un tiempo aciago que pronto pudiera resolverse en muerto», refiere su presurosa salida del Palacio de Aranjuez perseguido por los gritos de doña María Luisa de Parma, a su vez apremiada por los motines del mes de marzo. El soberbio plan de Belmonte pretendía frenar a la turba que se arremolinaba frente al palacio el día de san José mediante la simple exposición del reloj en un ventanal. Las comentadas virtudes de su máquina bastarían a detener a los exaltados; sucesivamente evitarían la abdicación del rey. Belmonte avanzaba por un pasillo hacia ese destino histórico cuando oyó el ajetreo de las criadas de la reina, que llenaban de telas y de plata los baúles. La orden era de preservar ropero y joyas, cierto juego de té, dos alfombras, un retrato y una valija de libros italianos de las hogueras populares y la rapiña fraternal. En medio del sofoco, Belmonte asomó su cabeza por una puerta. A continuación manifestó el resto del cuerpo, que empujaba un carro en cuyo centro viajaba el reloj. Consciente del tamaño de su empresa, quiso asegurarse el éxito con una prueba más. Convenció a las criadas de que olvidaran sus afanes y dedicasen su atención a aquella pieza, cuya marcha tenía la virtud de ensimismar al propio tiempo y de burlar la prisa que traen las horas aciagas (quizá debió decir funestas). Belmonte les aseguró que había probado por sí mismo y con éxito las cualidades frenadoras de aquel reloj a lo largo de un dilatado periodo de siestas. Durante la ejecución de tales cabezadas, proclamó alzando el dedo índice, «no se le perdió nada al mundo, que sepamos», según constancia confirmada a cada despertar. El mantenimiento de la misma postura en la que el sueño le había alcanzado era otra prueba alegada por Belmonte en beneficio de la acción paralizadora de su reloj. Las criadas, divertidas, se deleitaron con el tardón de la merced acaso más de lo que la paciencia de una reina acosada por las sublevaciones populares está dispuesta a consentir. Después vinieron los reales gritos y la salida calamitosa de palacio, con el reloj vacilante sobre el carro de mano y los oídos llenos de alarmas. «Las consecuencias de no haber podido exponer el reloj a la turba ya las conoce v.m.», le confía Belmonte a Jovellanos. Y menciona con detalle el prendimiento de Godoy, al que la sed obligó a abandonar una ignorada buhardilla. Prosigue su memoria por un mes de abril de noches intrigantes y vinosas hasta llegar a un dos de mayo en Madrid, con su multiplicación de invectivas rimadas y de consignas atroces, como «¡muera el Choricero!»; con su estallido de bayonetas sofocantes y su clamor de brazos elevados, hasta aturdirlo todo la sombra de Napoleón en Bayona y el galope incapaz de los primeros caudillos populares. Y en medio del desasosiego el caprichoso reloj de Belmonte seguía desgranando horas amargas; terco, sí, en la deleitable admiración de su propia maquinaria. Don Josef Belmonte, antes de convertirse en náufrago, esperaba perfeccionar el reloj conforme al propósito originario de congelación del tiempo. A bordo del Mercurio debió dudar de la licitud de sus siestas que lo convencieron erróneamente del detenimiento del mundo. Desorientado por el fracaso de su experiencia en Aranjuez, pretendía beneficiar a su reloj de una geografía menos negra, diríamos, inducidos por la metáfora que desliza al fin de su memorial: «Asistido por los beneficios magnéticos del polo, confío en inclinar al tiempo a ser únicamente blanco». A lo mejor sospechaba ya que su triple clasificación, después de los acontecimientos vividos en España, era demasiado complaciente y bastaba con juzgar todas las horas como negras. McFerlan, a diferencia de Belmonte, es un visionario realista. Pero el reloj de arena musical que nos remite emparenta sin violencias la industria del escocés con los afanes más soñadores del asturiano. Hemos de reconocer que el Adeste fideles que infaliblemente produce la arena al caer de la ampolleta, por más que la agitemos procurando burlar el orden infinito de los granos en espera de otra melodía o del silencio, nos ha regalado tiempo. Tiempo para reflexionar sobre los milagros que suelen producirse cuando menos horas quedan del año para apreciarlos. NOTAS (1) Los más indispuestos a aceptar esta denuncia debieran leer el pasaje que Robertson dedica a referir el hallazgo de un fanal de oro procedente de un galeón español en una playa de la Bermuda (Whispering Oceans II, cap. 17). (2) El autómata de Belmonte es deudor de un acta del cabildo de la catedral de Burgos (30-IX-1519) que incluye estas palabras: «Diego de Castro, canónigo obrero, dijo que <<>
Texto original en :
AVISOS NOTICIAS DE LA REAL BIBLIOTECA Año VII, nº 31 (octubre-diciembre 2002)

lunes, 1 de octubre de 2007

Atentado a Floridablanca

Así nos lo cuenta Álvarez de Quindós: “El dia 8 de junio de 1790, por la mañana, en este Real palacio, y paso de la entrada detras del jardinito, junto á la puerta de la escalera que va al quarto de la Reyna, fue asaltado y herido en las espaldas el Conde de Floridablanca, Secretario de Estado y del Despacho, por un estrangero, y con una especie de almarada: le defendió un criado; y esta novedad hizo en los Reyes la sensación propia de aprecio y méritos de este Ministro, y á su exemplo en toda la nación, que por cuerpos y comunidades dio gracias al Omnipotente por haberle reservado la vida. El agrsor fue preso y sentenciado a pena capital, cortada la mano, y puesta en el camino de Ocaña,á la inmediación de la tierra del Rey.”
José Moñino, Conde de Floridablanca (Murcia, 1728-Sevilla, 1808) Estudió leyes, y en 1766 fue nombrado fiscal del Consejo de Castilla. Intervino en los procesos del motín de Esquilache y en las actuaciones que concluyeron con la expulsión de los jesuitas en 1767. En 1772 fue nombrado embajador en Roma, puesto desde el que influyó en Clemente XIV para conseguir la extinción de la Compañía de Jesús. Desde 1777, como secretario de Estado y en íntima colaboración con Campomanes, impuso su criterio de reformismo moderado; su ideología política, en consonancia con el reformismo ilustrado, consistía en «reformar desde el poder». Fue acumulando cargos hasta que, tras la creación de la Junta Suprema de Estado, una especie de precedente del Consejo de Ministros, de la que ocupó la presidencia, sus rivales políticos iniciaron una campaña contra él. Floridablanca presentó entonces su dimisión, pero no le fue aceptada por Carlos IV. A partir de 1790, ante el afianzamiento de la Revolución Francesa, encabezó la reacción en España, pero no pudo impedir su caída en 1792. Fue desterrado y posteriormente encarcelado y procesado en Pamplona, bajo la acusación de abuso de poder y sustracción de fondos públicos. Después del Motín de Aranjuez, fue completamente rehabilitado, y tras la ocupación de España por las tropas napoleónicas, se puso al frente de la Junta de Murcia y fue nombrado presidente de la Junta Suprema Central en septiembre de 1808, poco antes de su muerte. (http://www.biografica.info)
Gazeta de Madrid de 22 de junoi de 1790