martes, 2 de octubre de 2007

¿ verdad o ilusión literaria ?

Curioso texto encontrado caminando por la web; de la veracidad de lo expuesto no dudo, pero tampoco dejo de dudar.....la veracidad de lo narrado la dejo al mejor criterio del caminante que por aqui pase.......
DON JOSEF BELMONTE, RELOJERO CONTRA EL TIEMPO Pablo ANDRÉS ESCAPA La nieve, ese seguro azar de los inviernos nórdicos, permite esta página. Ignoro si parecerá apócrifa bajo el sol. Desde Inverness, un tal Maughell McFerlan, hombre piadoso en mitad de la tormenta, nos envía noticias sobre un ignorado instrumentario español cuya memoria quedó anegada en el naufragio de la corbeta Mercurio, un 4 de diciembre de 1808. McFerlan -traduzco vanamente de su tarjeta de visita- se declara «fabricante de arenas musicales para animar por precipitación y con dulces melodías las horas muertas». Nos envía una muestra de su arte. La calidad del reloj que remite procura tales maravillas cuando destila su arena, que hace temerario juzgar que la carta de McFerlan sea una completa impostura. De la complejísima elaboración de su mensaje, sin otro propósito que vendernos un reloj decimonónico, podría aventurarse que McFerlan es lector receloso de Stevenson, pero ávido creyente de las páginas dictadas por la fiebre del almirante Robertson, tan propicias a la galerna y a las visiones, a la abstinencia de carne y a la glorificación de Dios, a la música, a los honores fúnebres y a la secreta promoción de sí mismo. Basta un ejemplo del estilo mimético de McFerlan, traducido, posiblemente, con torpeza (1): «Paseaba, según mi natural costumbre, por las arenas familiares, cuando el océano me envió un rumor de gaitas, lo cual es seguro anuncio de violencias meteóricas. Y me dispuse francamente a recibir lo que llegara, en pie, con la levita abrochada y entonando un himno. Empezó a nevar y en el ajetreo de los copos más arreciaba aquel estrépito de las olas que solo mis oídos, y tal vez las gaviotas, que giraban sobre mis oídos, podían recibir. El viento me obligó a dar la espalda al mar. Vuelto como estaba cerré los ojos y seguí cantando hasta completar seis veces el repertorio que los domingos del Señor elevamos en nuestra buena iglesia presbiteriana. Para entonces la playa había quedado tranquila y nevada. Volví la vista al mar: apreciables huellas progresaban desde las olas fallecientes hasta perderse entre las rocas. Comprendí que debía seguirlas...». McFerlan, excesivamente premonitorio, advierte en su carta que hizo el trayecto conjurando el temor a enfrentarse con un ahogado intemporal por el procedimiento de recitar los nombres de cuantos náufragos concitan las lápidas del cementerio marino de Inverness. El libro tercero de las Disquisiciones náuticas de don Cesáreo Fernández Duro, cuyo extraordinario título es «Navegaciones de los muertos y vanidades de los vivos», refiere recursos semejantes para disipar visiones al tiempo que duda de su virtud. Pero lo que McFerlan halló entre las rocas nevadas el pasado mes de noviembre, lo que ha tenido a bien contarnos por escrito, habría animado las horas muertas de don Cesáreo acaso con más júbilo que las meritorias arenas melódicas que la industria de McFerlan anuncia -sin ofuscación y sin mentira- en su tarjeta de visita. Porque el hallazgo habría permitido al erudito marino de Zamora completar las páginas del libro cuarto de las Disquisiciones, dedicado a la cronometría, y no menos venturoso que el tercero en su denominación: «Los ojos en el cielo». En 1879 don Cesáreo lamentaba la dificultad de recomponer los progresos de la relojería en España; en el año 2002, en Inverness, una tormenta devuelve a la playa un reloj excepcional hundido en 1808, encerrado en una caja milagrosa que preserva su maquinaria del agua, del óxido y de la sal, que protege al reloj del propio tiempo pues, afirma Maughell McFerlan, «en cuanto lo extraje de la caja y lo puse en pie, aquel ingenio dejó volar su sonería, que coincidió puntualmente con la hora de mi pulsera, atinó en el grado de la pleamar y señaló la conjunción de los astros que correspondían a esa hora y a ese día en la imprevista latitud de Escocia». Pero seamos justos, como conviene al rigor de esta página de Avisos: el impermeable reloj y especialmente las huellas ofrecidas a la vista de nuestro remitente para dar con el prodigio, no son herencia de las figuraciones de Robertson sino mera inercia de fantasías crecidas junto al lago Ness, propensas a vislumbrar rastros perdidos. McFerlan, claro, no duda que son pasos ciertos, «desesperados», propone, de un ilustre ahogado: don Josef Belmonte, oficial de mano de Carlos IV, artesano de relojes caprichosos, mentor de un descarriado sistema para detener el tiempo, hombre nacido en Laviana en 1769 y náufrago con toda la tripulación del Mercurio un 4 de diciembre de 1808. Para confirmar la honradez de su vista, McFerlan envía una fotografía de la playa nevada con las delatoras huellas que surgen del mar. A esa prueba sin valor, añade la transcripción de un memorial que dice haber descubierto enrollado a una pesa del mecanismo del reloj náufrago. Lo firma, como es de esperar en la argumentación del escocés, don Josef Belmonte. McFerlan evita que veamos el reloj, una abstención que nos confirma en el presentimiento de que no es un impostor porque la exhibición impaciente de la mercancía que nos ofrece habría igualado su método al de un falsificador vulgar. Una sola fotografía del reloj tal vez hubiera hecho innecesaria esta página. La emprendemos, pues, con la incómoda responsabilidad de asumir que nuestro corresponsal pudiera estar diciendo la verdad. Otro consuelo puede alegarse en la publicidad del dudoso hallazgo de McFerlan: el memorial de Belmonte contribuye a completar otra venerable bibliografía nacional, la de don Fernando Landeira y su Theatro chronométrico del Noroeste Español; adicionalmente nos ilustra en la peripecia de un insospechado filósofo al servicio de la corona ilustrada, un hombre notable, al menos examinado a la luz de tiempos tan precarios como los nuestros en ideas propias. Prescindamos de los párrafos del memorial dedicados a objetar las deficiencias que Belmonte aprecia en la fábrica de relojes acústicos para sordomudos, «cuya perspicacia del tiempo», observa con toda justicia, «es notablemente visual». Obviemos también su desconfianza, «en viendo cómo es el gobierno de los hombres», en los llamados relojes magistrales, cuya marcha debiera servir de norma a los demás. Algo más nos acerca a la génesis del reloj revelado por el mar la pesimista -aunque modélica en su síntesis- clasificación de los tiempos que propone Belmonte: aciagos, funestos y muertos. La filosofía sobre el tiempo y su transcurso, la que este ignorado hijo de Laviana condensa contra su costumbre reductora en la resignada ampliación «tempus non semper fugat, aliquando deficit» es la que nos interesa ahora. Porque el reloj recuperado por McFerlan en la playa es la prueba material de que Belmonte se reveló artesanalmente contra esa secular precariedad. «Que otros se ocupen de seguir midiendo el tiempo, que otros se atrevan a pesarlo si encuentran la balanza justa. Básteme a mí con sujetarlo distraídamente para beneficio de viudas, quejosas de su temprana condición; de privados, a los que siempre les falta para medrar; de príncipes, que quisieran ver lejos la hora de su caída». El ingenio concebido por Belmonte para frenar el tiempo sin por ello evitar el paso de las horas -que tal es la virtud y el grave defecto del reloj que ahora se nos ofrece- opera doblemente: por distracción y por burla. Belmonte, tras años de experimentar con trinquetes de áncora y de cilindro, con balancines de compensación, con escapes, con péndulos de rejilla, con caracoles y muelles, con sonerías interminables y autómatas, se convenció de que la mejor manera de calmar el tiempo -aciago, funesto y muerto- consiste en obtener un reloj tan complejo que se baste a sí mismo para distraerse del paso real de las horas. Esta animación de la mecánica, esta temeridad de atribuir alma a los objetos y «potencias sensoriales de contemplación de sus propias andaduras», no era nueva. La denunció San Leandro en los términos citados en una carta que envió al obispo de Alejandría, al que alarmaban los desvíos del calendario romano causados por la alegre industria de clepsidras. «Todo es vanidad de menestrales que quisieran compensar con sus manos lo que les falta a sus conciencias», culmina. Posiblemente Belmonte incurrió en la misma diversión heterodoxa, y si creemos a McFerlan con éxito: el reloj que resume los afanes cronométricos del oficial de Carlos IV debió de estar tan ensimismado en la admiración de su propio mecanismo que no le distrajo de la marcha ni el naufragio padecido. La burla, pues, como principio mecánico esgrimido por Belmonte, no concierne a la fe del hombre que consulta el reloj con la esperanza de que no sea demasiado tarde, sino al reloj mismo que se distrae del paso de las horas con la inercia de su propio funcionamiento. Lástima, ¡ay!, que Belmonte no previera la terquedad de las máquinas, «las cuales», -advierte otro pasaje de la denuncia venerable de San Leandro- «una vez asentadas y satisfechas de su organismo, son difíciles de frenar». El perspectivismo mecánico de Belmonte fue, pues, un principio ingenuo, acaso una impiedad disculpable en un siglo ávido de soluciones. Su reloj, que debía entretener el tiempo con distracciones de mareas y de calendarios móviles, de ecuaciones solares y lunares, con un tardón en forma de fraile de la merced (2) y una caja ilustrada con las edades del hombre y los confines del mundo, le trajo también la desgracia. Tal vez la observación genérica de que no sobra el tiempo, aun formulada en latín como él lo hizo, pecaba de falta de ambición científica para obtener relojes que remediasen el paso inexorable de las horas. Tal vez los adornos no bastan a distraer el curso del sol. En la fabricación de su ingenio Belmonte descuidó también lo que podríamos llamar «principio de intensidad». H. G. Wells y Alexander Dunne han experimentado libros con esa variable en el siglo pasado, libros sin duda que suspenden el tiempo mientras dura su lectura. Pero Belmonte era un soñador, no un visionario, y poco podrían haberle inquietado las previsiones de sublevación universal contra su invento de haberle salido a su gusto. Porque ni todas las viudas son desconsoladas ni el minuto que roba a la muerte el condenado que la espera es tan dichoso como el que le falta al amador para encontrarse con su amada. Si el memorial de Belmonte no es falso -y tal es la simpleza del pensamiento que revela y la inverosímil normalidad del reloj que describe que McFerlan no se habría molestado en fabricar tanta inocencia en lengua extraña- , el oficial de mano de Carlos IV, a bordo del Mercurio, huía de la historia, que no del tiempo, un cuatro de diciembre de 1808. El memorial, dirigido, por cierto, a Jovellanos, al que Belmonte no vacila en llamar «vecino» y «paciente de un tiempo aciago que pronto pudiera resolverse en muerto», refiere su presurosa salida del Palacio de Aranjuez perseguido por los gritos de doña María Luisa de Parma, a su vez apremiada por los motines del mes de marzo. El soberbio plan de Belmonte pretendía frenar a la turba que se arremolinaba frente al palacio el día de san José mediante la simple exposición del reloj en un ventanal. Las comentadas virtudes de su máquina bastarían a detener a los exaltados; sucesivamente evitarían la abdicación del rey. Belmonte avanzaba por un pasillo hacia ese destino histórico cuando oyó el ajetreo de las criadas de la reina, que llenaban de telas y de plata los baúles. La orden era de preservar ropero y joyas, cierto juego de té, dos alfombras, un retrato y una valija de libros italianos de las hogueras populares y la rapiña fraternal. En medio del sofoco, Belmonte asomó su cabeza por una puerta. A continuación manifestó el resto del cuerpo, que empujaba un carro en cuyo centro viajaba el reloj. Consciente del tamaño de su empresa, quiso asegurarse el éxito con una prueba más. Convenció a las criadas de que olvidaran sus afanes y dedicasen su atención a aquella pieza, cuya marcha tenía la virtud de ensimismar al propio tiempo y de burlar la prisa que traen las horas aciagas (quizá debió decir funestas). Belmonte les aseguró que había probado por sí mismo y con éxito las cualidades frenadoras de aquel reloj a lo largo de un dilatado periodo de siestas. Durante la ejecución de tales cabezadas, proclamó alzando el dedo índice, «no se le perdió nada al mundo, que sepamos», según constancia confirmada a cada despertar. El mantenimiento de la misma postura en la que el sueño le había alcanzado era otra prueba alegada por Belmonte en beneficio de la acción paralizadora de su reloj. Las criadas, divertidas, se deleitaron con el tardón de la merced acaso más de lo que la paciencia de una reina acosada por las sublevaciones populares está dispuesta a consentir. Después vinieron los reales gritos y la salida calamitosa de palacio, con el reloj vacilante sobre el carro de mano y los oídos llenos de alarmas. «Las consecuencias de no haber podido exponer el reloj a la turba ya las conoce v.m.», le confía Belmonte a Jovellanos. Y menciona con detalle el prendimiento de Godoy, al que la sed obligó a abandonar una ignorada buhardilla. Prosigue su memoria por un mes de abril de noches intrigantes y vinosas hasta llegar a un dos de mayo en Madrid, con su multiplicación de invectivas rimadas y de consignas atroces, como «¡muera el Choricero!»; con su estallido de bayonetas sofocantes y su clamor de brazos elevados, hasta aturdirlo todo la sombra de Napoleón en Bayona y el galope incapaz de los primeros caudillos populares. Y en medio del desasosiego el caprichoso reloj de Belmonte seguía desgranando horas amargas; terco, sí, en la deleitable admiración de su propia maquinaria. Don Josef Belmonte, antes de convertirse en náufrago, esperaba perfeccionar el reloj conforme al propósito originario de congelación del tiempo. A bordo del Mercurio debió dudar de la licitud de sus siestas que lo convencieron erróneamente del detenimiento del mundo. Desorientado por el fracaso de su experiencia en Aranjuez, pretendía beneficiar a su reloj de una geografía menos negra, diríamos, inducidos por la metáfora que desliza al fin de su memorial: «Asistido por los beneficios magnéticos del polo, confío en inclinar al tiempo a ser únicamente blanco». A lo mejor sospechaba ya que su triple clasificación, después de los acontecimientos vividos en España, era demasiado complaciente y bastaba con juzgar todas las horas como negras. McFerlan, a diferencia de Belmonte, es un visionario realista. Pero el reloj de arena musical que nos remite emparenta sin violencias la industria del escocés con los afanes más soñadores del asturiano. Hemos de reconocer que el Adeste fideles que infaliblemente produce la arena al caer de la ampolleta, por más que la agitemos procurando burlar el orden infinito de los granos en espera de otra melodía o del silencio, nos ha regalado tiempo. Tiempo para reflexionar sobre los milagros que suelen producirse cuando menos horas quedan del año para apreciarlos. NOTAS (1) Los más indispuestos a aceptar esta denuncia debieran leer el pasaje que Robertson dedica a referir el hallazgo de un fanal de oro procedente de un galeón español en una playa de la Bermuda (Whispering Oceans II, cap. 17). (2) El autómata de Belmonte es deudor de un acta del cabildo de la catedral de Burgos (30-IX-1519) que incluye estas palabras: «Diego de Castro, canónigo obrero, dijo que <<>
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AVISOS NOTICIAS DE LA REAL BIBLIOTECA Año VII, nº 31 (octubre-diciembre 2002)